July 11, 2008

Uno acerca de Eduardo Galeano, nom de guerre.

by Sparhawk
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Hace muchos años que estoy suscrito a Informe Uruguay. Aunque no siempre leo los artículos, la nueva edición de esta semana (Nro. 294) me llamó la atencion por un artículo sobre Eduardo Galeano escrito por la Sra. Helena Arce. La nota es bastante larga y la pueden leer al conectar con el enlace que está debajo. Una de las cosas que me llamó la atención, entre otras cosas, es el párrafo final:

Eduardo Hughes Galeano en Informe Uruguay
Solo la duda sobre cuanto bien le puede hacer a las mentes que envuelve con sus bellos escritos, sin la más mínima información científica, opinando de los temas que se le ocurren sin alertar a quien lo lee, que son únicamente sus opiniones.

No me queda más que preguntarme: ¿La Sra. Arce piensa que todos los lectores de Galeano son estúpidos?, ¿que les falta independencia y un criterio propio para formar sus opiniones sobre lo que leen?
No voy a defender a Galeano porque tengo mis propias diferencias con muchas de sus opiniones, aparte de que el tipo se defiende bien solo. Lo que si voy a tratar de decir es que no todos los lectores se tragan todo lo que leen, de buenas a primeras, sea de autoproclamados profetas con domino de la prosa, o de cualquier opinante que pueda hilvanar oraciones con algo de sentido.
A lo que voy es, los que leen a Galeano como al segundo mesías, merecen ser anexados a la esfera de su omnipresencia sapiencial para brindarle tanta adulación como pueda soportar. Pero también hay de los otros, los que lo leen sabiendo muy bien que las suyas no son más que las opiniones personales de una persona observadora y que tiene el privilegio de plasmarlas de una forma clara y elocuente. De ahí a que se convierta en profeta a los ojos de nadie hay un largo trecho.
Lo que me da pena de todo esto es que parece que la larga cultura de café que había en Uruguay se ha perdido completamente. En la generación de Galeano, y en varias antes que el, vivieron y coexistieron unos cuantos “opinantes” de su mismo calibre y con tanto dominio de la palabra como la suya. Todos debatian entre ellos en aquellos cafés que nos brindaban las calles de Montevideo. Estoy seguro que a ninguno de ellos, por más diferencias que tuvieran, se le hubiera ocurrido insultar la inteligencia de sus interlocutores aclarándoles que lo que opina un tercero no es más que su opinión y que no debe tomarse como palabra divina…