February 24, 2005

En un día como hoy,…

by Sparhawk
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en un lugar con otras temperaturas, en una pequeña isla del Caribe, hace algunos años, doña Eva Araujo de Romero -porque en aquellos tiempos las mujeres todavía eran de alguien- daba a luz a una niña. La realidad es que el “de Romero” siempre fue un eufemismo; doña Eva nunca fue prenda de nadie y don Roberto Romero, padre de esta niña, era su tercer intento al juego del amor. Pero en fin, eso es otra historia y doña Eva está en otras aventuras. Ya nos contará cuando nos encontremos.
La historia es sobre esa niña, quien a pocos instantes de nacer, se escapó por un pelo de ser castigada de por vida con un “Julia”; esquivó un “Juliana” que venia con las palmadas del doctor; casi se atraganta de la risa por un “Juliva” -pobre criatura…-; para terminar finalmente siendo engalanada con un “Julie”. La razón prevaleció y la niña agradecida. No sin antes, eso si, engancharle en el contrato, otro nombre: “Eva”. Pero bueno, Eva, arquetípicamente, es nombre de madre y la criatura, años después, lo sería. Lo tomó más como título profesional que como nombre: Julie Madre. Su opinión sería que “Eva” sustituye muy bien en cuanto a títulos se refiere.
Julie Eva crecería bajo el sol y la lluvia de Puerto Rico, con esa mezcla de piel blanca de herencia y el tostado que hasta la brisa le brinda a uno el aire del Caribe. Cosa de risa, algo tan natural y sensual de tocar, –y tan tratado de imitar por el albinaje gringo– pintó maestralmente la piel de la niña que Julie fue. Al final de esos años de juegos, diversiones y familia, algunos eventos fortuitos le hicieron cruzar el mar al frio del norte. Catorce de sus febreros habrían pasado.
El caso es que Julie, como muchos otros caribeños antes que ella, se resignó al frio de ese norte que la encontró en Filadelfia. Allí terminó su escuela, se entretuvo con amigos y novios y jugó, en fin, a la vida. Un día, me imagino, se sentó a esperar lo que una gitana, de esas de vocación y no de sangre, le vaticinó: un joven allende los mares que la llevaría al altar. Tal pues, sería su suerte. La fe le brindó frutos.
Otro eufemismo, por supuesto. Dejémonos de eso de “suertes”. La verdad es que el sayo de la profecía me cayó a mi y de allí a que yo sea la “suerte” de nadie hay en trecho enorme. ¿”Fruto”? Quizás, pero como bien saben, los hay de todos los colores, formas y sabores, de dulces a agrios a asquerosos. Pero, ¿qué habría Julie de hacer?. Una vez que empezó la música había que bailar y se dijo: “esto es lo más cercano a lo que la gitana me contó; tiene que ser el; obligatoriamente. Después de todo ¿cuántos hay que me caigan en la falda de tan lejos?” El destino, en ese instante, se selló. Cuando abrí la boca para perdirle la oportunidad de compartir su vida, la pobre incauta dijo que si. Pobre, claro, no tenía idea que en cuanto a fortunas se refiere yo sería el que terminaría con el boleto ganador y demuestra el problema fundamental que tienen las pitonisas: nunca cantan la canción completa y, cuando se acercan a algo mas o menos comprensible, ni modo, hasta los dioses terminan confundidos. Si los dioses se confunden…
La historia es que el destino de Julie terminó empatado con el mio. Bobinando algunos años: “el día catorce de febrero de mil novecientos ochenta y siete dijo si ante Dios, el cura y los testigos”. Volviendo al presente, la vida me sorprende, dos hijos y unos cuantos años después, encontrándola todavía a mi lado. Quizás uno, en su ensimismarse diario, pierda la perspectiva de la suerte y a quien le toca, últimamente, disfrutarla. Cuando uno reflexiona, cuando la perspectiva cambia de punto referencial, sin embargo, la verdad es obvia.
Hoy Julie cumple años. Hoy recuerdo a la Eva que me dió a mi Eva y le susurro, desde una lejanía imposible, gracias. Hoy estoy de fiesta. Los años de Julie siguen apilandose junto a los mios.