{"id":7,"date":"2004-07-13T09:09:58","date_gmt":"2004-07-13T13:09:58","guid":{"rendered":"http:\/\/www.sorocabana.net\/cambios\/?p=7"},"modified":"2004-07-13T09:09:58","modified_gmt":"2004-07-13T13:09:58","slug":"la_rosa_de_para","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.sorocabana.net\/cambios\/2004\/07\/13\/la_rosa_de_para\/","title":{"rendered":"La rosa de Paracelso"},"content":{"rendered":"<p>La Rosa de Paracelso<br \/>\nEn su taller que abarcaba las dos habitaciones del s&oacute;tano, Paracelso pidi&oacute; a<br \/>\nsu D&rsquo;s, a su indeterminado D&rsquo;s, a cualquier D&rsquo;s, que le enviara un<br \/>\ndisc&iacute;pulo.<br \/>\nAtardec&iacute;a.<br \/>\nEl escaso fuego de la chimenea arrojaba sombras irregulares.<br \/>\nLevantarse para encender la lampara de hierro era demasiado trabajo.<br \/>\nParacelso, distra&iacute;do por la fatiga, olvid&oacute; su plegaria.<br \/>\nLa noche hab&iacute;a borrado los polvorientos alambiques y el atanor cuando<br \/>\ngolpearon la puerta.<br \/>\nEl hombre, somnoliento, se levant&oacute;, ascendi&oacute; la breve escalera de caracol y<br \/>\nabri&oacute; una de las hojas.<br \/>\nEntr&oacute; un desconocido.  Tambi&eacute;n estaba muy cansado.<br \/>\nParacelso le indic&oacute; un banco; el otro se sent&oacute; y esper&oacute;.<br \/>\nDurante un tiempo no cambiaron una palabra.<br \/>\nEl maestro fue el primero que habl&oacute;:<br \/>\n-&#8220;Recuerdo caras de Occidente y caras de Oriente dijo no sin cierta pompa.<br \/>\nNo recuerdo la tuya. &iquest;Qui&eacute;n eres y qu&eacute; deseas de m&iacute;?&#8221;-<br \/>\n-&#8220;Mi nombre es lo de menos &#8211; replic&oacute; el otro &#8211;. Tres d&iacute;as y tres noches he<br \/>\ncaminado para entrar en tu casa. Quiero ser tu disc&iacute;pulo. Te<br \/>\ntraigo todos mis haberes.&#8221;<br \/>\nSac&oacute; un talego y lo volc&oacute; sobre la mesa.<br \/>\nLas monedas eran muchas y de oro. Lo hizo con la mano derecha.<br \/>\nParacelso le hab&iacute;a dado la espalda para encender la lampara.<br \/>\nCuando se dio vuelta advirti&oacute; que la mano izquierda sosten&iacute;a una rosa.<br \/>\nLa rosa lo inquiet&oacute;.<br \/>\nSe recost&oacute;, junt&oacute; la punta de los dedos y dijo:<br \/>\n-&#8220;Me crees capaz de elaborar la piedra que trueca todos los elementos en oro<br \/>\ny me ofreces oro. No es oro lo que busco, y si el oro te<br \/>\nimporta, no ser&aacute;s nunca mi disc&iacute;pulo.&#8221;<br \/>\n-&#8220;El oro no me importa&#8221; &#8211; respondi&oacute; el otro.<br \/>\n-&#8220;Estas monedas no son m&aacute;s que una parte de mi voluntad de trabajo. Quiero<br \/>\nque me ense&ntilde;es el Arte. Quiero recorrer el camino que conduce a la Piedra.&#8221;<br \/>\nParacelso dijo con lentitud:<br \/>\n-&#8220;El camino es la Piedra. El punto de partida es la Piedra. Si no entiendes<br \/>\nestas palabras, no has empezado a&uacute;n a entender. Cada paso que dar&aacute;s es la<br \/>\nmeta.&#8221;<br \/>\nEl otro mir&oacute; con recelo. Dijo con voz distinta:<br \/>\n-&#8220;Pero.. &iquest;hay una meta?&#8221;<br \/>\nParacelso se ri&oacute;.<br \/>\n-&#8220;Mis detractores, que no son menos numerosos que est&uacute;pidos dicen que no, y<br \/>\nme llaman un impostor. No les doy la raz&oacute;n, pero no es imposible que sea un<br \/>\niluso. S&eacute; que &#8220;hay&#8221; un Camino.&#8221;<br \/>\nHubo un silencio, y dijo el otro:<br \/>\n-&#8220;Estoy listo a recorrerlo contigo, aunque debamos caminar muchos a&ntilde;os.<br \/>\nD&eacute;jame cruzar el desierto. D&eacute;jame divisar siquiera de lejos la Tierra<br \/>\nPrometida, aunque los astros no me dejen pisarla. Quiero una prueba antes de<br \/>\nemprender el camino.&#8221;<br \/>\n-&#8220;&iquest;Cu&aacute;ndo?&#8221;&#8211; pregunt&oacute; con inquietud Paracelso.<br \/>\n-&#8220;Ahora mismo&#8221; &#8211; contest&oacute; con brusca decisi&oacute;n el disc&iacute;pulo.<br \/>\nHab&iacute;an empezado hablando en lat&iacute;n; ahora, en alem&aacute;n.<br \/>\nEl muchacho elev&oacute; en el aire la rosa.<br \/>\n-&#8220;Es fama&#8221; &#8211; dijo &#8211; &#8220;que puedes quemar una rosa y hacerla resurgir de la<br \/>\nceniza, por obra de tu arte. D&eacute;jame ser testigo de ese prodigio. Eso te<br \/>\npido, y te dar&eacute; despu&eacute;s mi vida entera.&#8221;<br \/>\n-&#8220;Eres muy cr&eacute;dulo&#8221; &#8211; dijo el maestro. &#8211; &#8220;No he menester de la credulidad;<br \/>\nexijo la fe.&#8221;<br \/>\nEl otro insisti&oacute;.<br \/>\n-&#8220;Precisamente porque no soy cr&eacute;dulo quiero ver con mis ojos la aniquilaci&oacute;n<br \/>\ny la resurrecci&oacute;n de la Rosa&#8221;<br \/>\nParacelso la hab&iacute;a tomado, y al hablar jugaba con ella.<br \/>\n-&#8220;Eres cr&eacute;dulo&#8221; &#8211; dijo. &#8211; &#8220;&iquest;Dices que soy capaz de destruirla?&#8221;<br \/>\n-&#8220;Nadie es incapaz de destruirla&#8221; &#8211; dijo el disc&iacute;pulo.<br \/>\n-&#8220;Est&aacute;s equivocado. &iquest;Crees, por ventura, que algo puede ser devuelto a la<br \/>\nnada? &iquest;Crees que el primer Ad&aacute;n en el Para&iacute;so pudo haber<br \/>\ndestruido una sola flor o una brizna de hierba?&#8221;<br \/>\n-&#8220;No estamos en el Para&iacute;so &#8211; habl&oacute; tercamente el muchacho; &#8211; &#8220;aqu&iacute;, bajo la<br \/>\nluna, todo es mortal.&#8221;<br \/>\nParacelso se hab&iacute;a puesto de pie e inquiri&oacute;:<br \/>\n-&#8220;&iquest;En qu&eacute; otro sitio estamos? &iquest;Crees que la divinidad puede crear un sitio<br \/>\nque no sea el Para&iacute;so? &iquest;Crees que la Ca&iacute;da es otra cosa que ignorar que<br \/>\nestamos en el Para&iacute;so?&#8221;<br \/>\n-&#8220;Una rosa puede quemarse&#8221; &#8211; desafi&oacute; el disc&iacute;pulo.<br \/>\n-&#8220;A&uacute;n queda el fuego en la chimenea. Si arrojamos esta rosa a las brasas,<br \/>\ncreer&iacute;as que ha sido consumida y que la ceniza es verdadera. Te digo que la<br \/>\nrosa es eterna y que solo su apariencia puede cambiar. Me bastar&iacute;a una<br \/>\npalabra para que la vieras de nuevo.&#8221;<br \/>\n-&#8220;&iquest;Una palabra?&#8221; &#8211; dijo con extra&ntilde;eza el disc&iacute;pulo. &#8211; &#8220;El atanor est&aacute;<br \/>\napagado y est&aacute;n llenos de polvos los alambiques. &iquest;Qu&eacute; har&iacute;as para que<br \/>\nresurgiera?&#8221;<br \/>\nParacelso lo mir&oacute; con tristeza.<br \/>\n-&#8220;El atanor esta apagado&#8221; &#8211; repiti&oacute; &#8211; &#8220;y est&aacute;n llenos de polvo los<br \/>\nalambiques. En este tramo de mi larga jornada uso de otros instrumentos.&#8221;<br \/>\n-&#8220;No me atrevo a preguntar cu&aacute;les son&#8221; &#8211; dijo el otro con astucia o con<br \/>\nhumildad.<br \/>\n-&#8220;Hablo del que us&oacute; la divinidad para crear los cielos y la tierra y el<br \/>\ninvisible Para&iacute;so en que estamos, y que el pecado original nos oculta.<br \/>\nHablo de la Palabra que nos ense&ntilde;a la ciencia de la Kabalah.&#8221;<br \/>\nEl disc&iacute;pulo dijo con frialdad:<br \/>\n-&#8220;Te pido la merced de mostrarme la desaparici&oacute;n y aparici&oacute;n de la rosa. No<br \/>\nme importa que operes con alquitaras o con el Verbo.&#8221;<br \/>\nParacelso reflexion&oacute;. Al cabo, dijo:<br \/>\n-&#8220;Si yo lo hiciera, dir&iacute;as que se trata de una apariencia impuesta por la<br \/>\nmagia de tus ojos. El prodigio no te dar&iacute;a la fe que buscas: Deja,<br \/>\npues, la rosa.&#8221;<br \/>\nEl joven lo mir&oacute;, siempre receloso. El maestro alz&oacute; la voz y le dijo:<br \/>\n-&#8220;Adem&aacute;s, &iquest;qui&eacute;n eres t&uacute; para entrar en la casa de un maestro y exigirle un<br \/>\nprodigio? &iquest;Qu&eacute; has hecho para merecer semejante don?&#8221;<br \/>\nEl otro replic&oacute;, tembloroso:<br \/>\n-&#8220;Ya s&eacute; que no he hecho nada. Te pido en nombre de los muchos a&ntilde;os que<br \/>\nestudiar&eacute; a tu sombra que me dejes ver la ceniza y despu&eacute;s la rosa. No te<br \/>\npedir&eacute; nada m&aacute;s. Creer&eacute; en el testimonio de mis ojos.&#8221;<br \/>\nTom&oacute; con brusquedad la rosa encarnada que Paracelso hab&iacute;a dejado sobre el<br \/>\npupitre y la arroj&oacute; a las llamas. El color se perdi&oacute; y solo qued&oacute; un poco de<br \/>\nceniza.<br \/>\nDurante un instante infinito esper&oacute; las palabras y el milagro.<br \/>\nParacelso no se hab&iacute;a inmutado. Dijo con curiosa llaneza:<br \/>\n-&#8220;Todos los m&eacute;dicos y todos los boticarios de Basilea afirman que soy un<br \/>\nembaucador. Quiz&aacute; est&aacute;n en lo cierto. Ah&iacute; est&aacute; la ceniza que fue la rosa y<br \/>\nque no lo ser&aacute;.&#8221;<br \/>\nEl muchacho sinti&oacute; verg&uuml;enza. Paracelso era un charlat&aacute;n o un mero<br \/>\nvisionario y &eacute;l, un intruso, hab&iacute;a franqueado su puerta y lo obligaba ahora<br \/>\na confesar que sus famosas artes m&aacute;gicas eran vanas.<br \/>\nSe arrodill&oacute;, y le dijo:<br \/>\n-&#8220;He obrado imperdonablemente. Me ha faltado la fe, que el Se&ntilde;or exig&iacute;a de<br \/>\nlos creyentes. Deja que siga viendo la ceniza. Volver&eacute; cuando sea m&aacute;s fuerte<br \/>\ny ser&eacute; tu disc&iacute;pulo, y al cabo del Camino ver&eacute; la rosa.&#8221;<br \/>\nHablaba con genuina pasi&oacute;n, pero esa pasi&oacute;n era la piedad que le inspiraba<br \/>\nel viejo maestro, tan venerado, tan agredido, tan insigne y por ende tan<br \/>\nhueco. &iquest;Qui&eacute;n era &eacute;l, Johannes Grisebach, para descubrir con mano sacr&iacute;lega<br \/>\nque detr&aacute;s de la m&aacute;scara no hab&iacute;a nadie?<br \/>\nDejarle las monedas de oro ser&iacute;a una limosna.<br \/>\nLas retom&oacute; al salir.<br \/>\nParacelso lo acompa&ntilde;o hasta el pie de la escalera y le dijo que en esa casa<br \/>\nsiempre ser&iacute;a bienvenido.<br \/>\nAmbos sab&iacute;an que no volver&iacute;an a verse.<br \/>\nParacelso se qued&oacute; solo.<br \/>\nAntes de apagar la l&aacute;mpara y de sentarse en el fatigado sill&oacute;n, volc&oacute; el<br \/>\ntenue pu&ntilde;ado de ceniza en la mano c&oacute;ncava y dijo<br \/>\nuna palabra en voz baja.<br \/>\nY la rosa resurgi&oacute;.<br \/>\nJorge Luis Borges<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La Rosa de Paracelso En su taller que abarcaba las dos habitaciones del s&oacute;tano, Paracelso pidi&oacute; a su D&rsquo;s, a su indeterminado D&rsquo;s, a cualquier D&rsquo;s, que le enviara un disc&iacute;pulo. Atardec&iacute;a. El escaso fuego de la chimenea arrojaba sombras irregulares. Levantarse para encender la lampara de hierro era demasiado trabajo. 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