Es necesario que el hombre, como el oro, se purifique en el crisol del dolor
por que no ha aprendido a sublimar sus errores en la bendición del amor.
El dolor es el martillo que dentro del taller interno debe golpear una y otra vez, sobre el pesado yunque del egoísmo humano.
El dolor limpia, sublima, purifica y hace crecer al hombre haciéndole tomar conciencia de sus actos errados.
Al ser humano le agrada beber en copa de oro aunque sea veneno
lo que lleve a su boca.
No hay nada nuevo bajo el sol, solo cruces y nada mas que cruces.
Este es el mundo de las cruces.
Todos tienen su cruz, ni mayor ni menor de la que les corresponde
y nadie debería renegar de ella, negarla ni querer cambiarla por otra,
puesto que es única y propia de quien la forjo.
El sabe que la pesada cruz que porta en su espalda no es otra
que la que el mismo elaboro con sus errores.
Cuando las almas han llegado a la nobleza de sublimar su sufrimiento,
ya no reniegan de el, y resignadas y serenas abrazan su cruz.
Cada acción centrada en el error es otro clavo mas
que se le agrega a la cruz haciéndola mas pesada aun.
Cuando no se ama, aumenta el peso de la cruz y la corriente oscura
del dolor arrastra al hombre hacia su propia destrucción.
El hombre siembra las semillas del error y las riega con sus lagrimas
cosechando mas dolor.
Pero las sigue sembrando y de cada una de ellas brotan espinas
con las cuales prepara su corona de crucifixión.
Cada acción centrada en el amor, el desapego material, el servicio
desinteresado y la ayuda al mas necesitado, van quitando uno a uno
los clavos de la cruz y aligeran su carga.
Autor desconocido
Jula