January 28, 2007

Soy un “entrañavivista”

by Sparhawk
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No, claro, antes que un montón de muertos, o algunos que queden vivos, hagan fila para darme de golpes ante la osadía de usar un término que me queda grande en comparación con tantas luminarias, debo aclarar que es solo por sentirme identificado con la posición que éstos tomaron hace más de un medio siglo.

Resulta que estoy leyendo “Tiempos de tolerancia, tiempos de ira”, de mi paisano uruguayo César di Candia, un libro que me mandaron de Montevideo y que encuentro genial. El libro es una inmensa entrevista que le hiciera di Candia a Carlos Maggi y a Claudio Williman, todos ellos exponentes, incluso di Candia, de la famosa “Generación del 45” de escritores y ensayistas uruguayos. Generación que daría al mundo luminarias como Juan Carlos Onetti y Mario Benedetti, por nombrar a dos de los más conocidos.

Siempre se aprende algo nuevo y debo, humildemente, reconocer que no sabía nada de lo que sucedía en ese presente tan lejano de la vida intelectual de Uruguay. Todo un descubrimiento, y de los más gratos. Toda esa gente, sus andanzas y recuerdos, no hacen más que aportarnos una perspectiva desde la cual admirarles, y a la vez, darnos una sensación de envidia por no haber sido uno más del grupo. No puedo quejarme de mi presente, por supuesto, pero uno no deja de proyectarse y tener curiosidad sobre lo que tiene que haber sido un tiempo muy interesante de haber vivido.

Lo de “entrañavivista”, algo que se tomó muy seriamente en su momento y sólo la mitad de una lucha de posiciones intelectuales en ese presente, la otra mitad siendo los “lúcidos”, viene de lo siguiente que leí:

Di Candia. – Es un hecho incontrovertible que la Generación del 45, estuvo integrada por el más brillante núcleo de intelectuales del siglo pasado. Pero también es innegable que más allá de su trabajo creativo, se enfrascaron en polémicas estériles. Me refiero a las discusiones acerca de “lúcidos y entrañavivistas”.

Maggi. – Los escritores del 900 fueron estupendos y nosotros no fuimos ni muy perfectos , ni muy culminantes. Los del 45 padecimos mucho la cuestión provincial. España era entonces una madre cruel, franquista y retrógrada. Estuvimos demasiado solos. Nos enredamos en problemas de capilla, que ahora dan lástima. Es cierto.

Williman. – Creo que esa polémica no le interesaba a más de cuarenta personas.

Maggi. – Menos, tal vez. Y te digo más: los mayores del grupo como Carlitos Real de Azúa, no querían ni participar. Pero es exacto lo que tú decís: vista de lejos aquella discusión no tiene sentido.

Di Candia. – ¿Cómo podían ser definidos ambos grupos?

Maggi. – ¿Pensás que voy a volver al principio? Digamos, sin entregar las banderas, que los lúcidos hacían una crítica erudita y miraban todo desde afuera. Y digamos que los entrañavivistas concebíamos la literatura como un hecho de la vida. Y vamos a dejarlo ahí.

¿Se hace claro ahora por qué me siento un “entrañavivista”?

Antes de empezar a escribir esta nota, hice una búsqueda en Google usando el término de marras. Lo que encontré, que confirma que el cuento no es meramente anecdótico, curiosamente viene de otra entrevista de di Candia, esta vez a Onetti:

—No es fácil meterse hoy dentro de las entrañas de la Generación del 45. Mucho menos entender sus discrepancias. Llegó un momento en que nos dividimos en “lúcidos” y “entrañavivistas”. Ambas era formas de encarar los problemas de la época.

—Sigo creyendo que era una división que les interesaba fundamentalmente a ustedes y a la cual la gente consideraba como propia de noveleros intelectuales.

—Puede ser que hoy se observe así. Los “lúcidos” se encontraban de cierto modo en torno a Emir Rodríguez Monegal que dirigía la página literaria de Marcha, la cual era un centro de poder muy importante. Eran los enterados, los refinados, los borgianos. Y hubo otro grupo que predicó que la importancia de la literatura se encontraba en la entraña viva, en la vida, en la realidad de los hechos cotidianos. Más cerca de la cosa política que era como ensuciarse las manos, que de la pureza. Por eso se les llamó “entrañavivistas”. Y escribían en realidad de modo diferente. No cabe duda que Borges, siendo un genio, tenía una cosa de pituco exquisito y que Steinbeck denunciaba los problemas de los agricultores como lo hizo en Viñas de Ira.

—Tampoco tenía relación con el compromiso político de la literatura, que cobró fuerza en las décadas siguientes.

—No, para nada. El problema era bastante menor. Tenía que ver en cómo debía encararse la literatura con relación a su entorno. Los “lúcidos” exquisitos, los que estaban fuera del mundo en que vivían. Maneco era “entrañavivista”, yo también. En aquellos años yo escribí una nota en Marcha definiéndome como “entrañavivista” y cinco o seis amigos íntimos, Carlos Martínez Moreno y su hermano Enrique me dejaron de saludar.

—Perdóname que insista: esa especie de cisma que separaba hasta la enemistad a escritores “entrañavivistas” y “lúcidos”, era una forma de matar el ocio. No producía el menor malestar en la epidermis de nadie. Era para disfrute de una treintena de intelectuales.

—Por supuesto que sí, pero no tenía nada que ver ni con la cosa masiva ni con la cosa pública. Tampoco con la militancia política.

—El poeta español Gabriel Celaya, mucho más radicalizado escribió: “Maldigo la poesía/ concebida como un lujo cultural/ por los neutrales”.

Encuentro sumamente interesante esa visión que Onetti tenía sobre Borges y similares. Me queda pues preguntarme ¿cómo se encarnaría una división similar en la actualidad? No sólo en Uruguay, pero en Argentina, España o, ¿por qué no?, el resto del mundo.