May 5, 2004

Réquiem para un manosanta

by Sparhawk
Categories: Experiencias
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Don Pablo, mi amigo y consejero, así como llego a mi vida, salido de la nada para caer en ella, así se fue. El día de su partida, 24 de abril, la noticia me encontró dentro de mi; ensimismado en quehaceres que no me permitieron digerirle. Como que no pasó. Como que todavía estaba su presencia alrededor. Quizás sea así. Quizás algo quedó detrás; omnipresente e intangible, pero aquí, cerca de uno; susurrando consejos, de aquellos que son pedidos y de los que no lo son.
Pablo Gonzalez nació en 1946, en la Ciudad de las Piñas, Barceloneta, Puerto Rico. Ciudad con playas de arenas negras y los manantiales de agua fresca más pura de toda la isla. Su compleaños, 25 de Julio, fecha imposible de olvidar para mi, era compartido con mi hija Amarís. Padre de familia, tenía responsabilidades y preocupaciones tan mundanas como las mias; con una esposa que le amaba, un hijo ya crecido y otro que bordea los diez. Pero don Pablo era también otra cosa. Don Pablo era un ser que vivía en dos mundos; un manosanta, un chamán; a la vez el portal a un lugar que no se encuentra en esta realidad y el viajero que le cruza a placer. Don Pablo era un ejemplo viviente de una realidad que nos está vedada. Amigo de Orixás, intercedía ante Exu, charlaba con Xangó y era amante de Iemanjá.
¿Cómo se reemplaza uno de estos seres que te cuentan cosas de un mundo que vive más allá de tu visión? Alguien que parece mirar detrás de escena la obra de tu vida. Alguien que te alimenta los sueños con imagenes fantásticas de espiritus que se compiten entre si el tablero de una realidad que está de éste lado. Alguien que te sana el espíritu cuando este necesita ser sanado. ¿Cómo hago ahora para saber que es lo que Ogum u Obatalá quieren de mi? ¿Cómo se que Iemanjá me escucha, que me quiere, que está contenta conmigo?
Muchos andan por ahí que visten el mismo sayo, sin embargo, uno no debe salir a buscarlos. Para mi don Pablo pasó, no fue buscado, fue sino el producto de mis acciones. Un día estaba allí. Yo, en el banquillo. El, testigo, abogado y fiscal de mis haceres. Yo, el juez. Una noche, como tantas otras, viajó a ese plano que visitaba a menudo para charlar con dioses, semidioses y otros espíritus. Esa noche decidió quedarse. Esa noche le pidió al pálido jinete, a cuya espalda cabalgaba por ese mundo, que no le devolviera. La muerte, ese pálido jinete, amigo inseparable, se obligó a conceder.
Don Pablo, mi amigo, de este lado el vacío es como hambre. Desde donde esté, no se olvide de volver un día a para charlar conmigo. Cierto es, nos volveremos a encontrar.